Cuando
descubrieron que existían planes que amenazaban la vida de su madre,
corrieron en su defensa, claro, ni tiempo les quedó para despedirse de
sus amigos. Desperdigados por diferentes países aquellas chicas y chicos
sabían que era a su lado donde tenían que estar. Pegados a ella.
La información que consiguieron era escalofriante pues, como recogían los informes forenses, el modus operandi de
quienes querían acabar con ella era siempre idéntico: múltiples
cuchilladas, tan hondas como fuera posible, siendo la causa de la muerte
el desangramiento. Qué dolor les creció al observar fotos que se
conservan de muchos de los crímenes de esa banda que la perseguía, un
grupo muy bien organizado.
Son
las petroleras que, sin compasión, en Ecuador, Nigeria o bajo mares y
océanos perforan la piel, atraviesan los músculos, fracturan los huesos,
taladran las vísceras y finalmente revientan el corazón de la Madre
Tierra.
30
activistas de Greenpeace, hermanas y hermanos de todas y todos
nosotros, son los que corrieron hacia el Oceáno Ártico para denunciar
los planes de las petroleras. Allí, donde los fluidos de la vida, sangre
o agua, ya son graves hemorragias, han sido arrestados. Por estar donde
tenían que estar, donde tenemos que estar. Pegados a nuestra Madre
asediada.
Gustavo Duch
Coordinador de la revista "Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas"
Coordinador de la revista "Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas"

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